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La religión como arma de guerra

21 julio 2009

Mostar

Siempre había oído hablar de Bosnia. Siempre había querido ir. Una de mis rutinas es visitar las páginas de viajes. Nunca busco un destino en concreto, me dejo llevar por ofertas y promociones. En una de estas… ¡Croacia!. Compré el billete casi de inmediato con toda intención de cruzar a Mostar desde allí. Tres días en Dubrovnik fueron suficientes para darme cuenta de que necesitaba un poco de acción. Quizá el hecho de ser mallorquina hizo que le restara atención a “la perla del adriático”.

En Dubrovnik me alojé en una casa particular que conseguí a través de Internet. Alfonz, el propietario, había sido militar. Reconozco que me daba algo de miedo. Era cínico y excéntrico. En la terraza tenía una pequeña habitación en la que guardaba algunas armas. Ahora está retirado. Mi habitación estaba repleta de premios honoríficos por su labor. Me contó que al estallar la guerra había estado refugiado más de quince días en el sótano de esa casa. Después luchó en el frente marítimo. Odiaba a los serios. Y es que las preciosas murallas que observábamos desde el balcón de casa no eran ni un abismo de la imagen de la ciudad destruida hace una década.

Al cruzar a Mostar me alojé en casa de una mujer mayor. Conocí a su nieta Erna en la estación de tren. Habían sido tan solo tres horas de viaje en autobús, pero había manchado mi bolso de pintura y a Alfonz se le ocurrió limpiarlo con aguarrás. El olor me dio un dolor de cabeza horrible.

Al llegar a Mostar no tenía ni la menor idea de lo que me podía encontrar. Por sorpresa la gente era muy abierta. Erna me hizo de guía. Además, había estado exiliada en Valencia y sabía algo de español. Me contó muchas historias de su familia. Odiaba a los Croatas, que bombardearon su ciudad. Si Serbia quería crear un gran imperio e intentó liquidar a todos sus vecinos balcánicos, después los croatas se volvieron contra los bosnios creando un conflicto aún mayor.

Croacia, a día de hoy, está reconstruida y es visitada por turistas de la jet seten busca de cultura, sol y playa. Bosnia sigue abandonada. Su costa está repleta de mejilloneras hasta el punto que apenas dejan ver su color. En cuanto a la ciudad, todavía hay edificios agujereados de metralla como si estuvieran carcomidos. Erna me explicaba que sus tíos y abuelos habían sido asesinados durante la guerra. Eran intelectuales, un objetivo claro. Por suerte su familia tenía dinero y aprovechó un programa que facilitaba su escuela para viajar a España. Muchos bosnios no siguieron su suerte.

En Bosnia todavía hay mucha gente que vive desplazada y no puede regresar por qué la cuestión religiosa sigue desestabilizada. Por ejemplo, el Presidente de la República se elige mediante un régimen rotativo entre los representantes de cada una de las minorías; musulmana, serbia y croata. Además la economía quedó congelada en el año 90. Si la economía no funciona, no hay un futuro esperanzador.

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